La rebelión de las ultra-cacerolas

Relato - AL12Una mujer de cuatro apellidos y enormes bustos siliconados. Elsa Cándida Ortíz Basualdo de Iraola Balcarce viene empaquetada adentro de un –seriado– vestido, muy primaveral, de Gucci, y está armada con una cacerola y una cuchara sopera de acero inoxidable. Llegó recién nomás, ahora se la ve caminando muy raudamente por Plaza de Mayo. Debajo del brazo lleva enrollada una pancarta de cartulina blanca. De su frente, como cascada, caen goterones de sudor.  Había dejado su reluciente BMW X6 4×4 estacionado en la esquina de Bolívar y Avenida de Mayo, y tuvo que hacer el resto del trayecto caminando, ya que en Rivadavia e Hipólito Yrigoyen la Yegua mandó a cortar la circulación vehicular y montar un operativo de seguridad con vallas de hierro y escuadrones de Infantería, según informaron los medios independientes del Poder.

La señora de los cuatro apellidos llegó, decíamos, ensimismada en sus pensamientos banales, mascando tirria, puteando por tener que caminar tantas cuadras y encima, va pensando, con la inseguridad que hay en el país, mientras a los negros y a los putos y los chorros los subsidian para holgazanear y comer choripanes; una verdadera vergüenza para los padres fundadores de la Patria, como Colón, como Mitre, como Roca, como Neustadt. Se dijo a sí misma que mejor hubiera sido haber tomado un taxi, pero la comodidad que le brindaba su lujosa nave espacial importada, sopesó más a la hora de tomar la decisión. Si bien de su penthouse en San Telmo hasta Casa Rosada no había más de veinte, veinticinco minutos de viaje, lo importante era sentirse segura adentro de su inviolable y blindada nave espacial durante el trayecto. De todas maneras, reflexionó, yo también tengo que hacer un esfuerzo personal para sacar adelante este país de mierda.

El Maxi tiene veintidós años y está terminando de estudiar con el Plan de Finalización de Estudios Primarios y Secundarios. Cuando le da el tiempo, se junta unos pesos cuidando autos en el centro. Su abuelo era dueño de una ferretería en La Matanza, pero la repartija del ingreso estatal nunca le llegó y terminó quebrando en el 97. El Maxi tenía nueve cuando aprendió a manejar el carro. Una vez paró en una rotisería a pedir sobras y en eso que esperaba, una camioneta BMX 4×4, que casualmente era la de la mujer de los cuatro apellidos, sacude su vehículo y asusta a los caballos, que casi colisionan con los autos que esperaban en el semáforo. De ahí tiene fichadas el Maxi a esas naves; ahora solamente las mira de lejos y a veces hasta las cuida de la tentación delictiva de algún roñoso como él. Pero ya no tiene el carro.; una patota de la UCEP se la destrozó una madrugada roja, típicamente porteña.

Conoce las convocatorias con cacerolas en Plaza de Mayo, pero las recuerda distintas a las de diciembre de 2001. Cuando escucha por televisión a un vecino autoconvocado decir “libertad, ¿sabés lo que es la libertad? Es hacer lo que a uno le da la gana”, recuerda aquel resumen económico de Smith y le parece razonable; aunque lamenta que su abuelo analfabeto lo haya desconocido y por eso cuando llevaba su cacerola a Plaza de Mayo se refería a una libertad más conformista; una que apenas contemplaba un trabajo fijo, un salario básico. De lo demás no se acuerda o se acuerda poco, sólo de alguna esperanza por llegar a Japón en una hora, o la promesa de una industria multinacional, honesta y posmoderna. No sabe muy bien qué le pasa a la mujer, pero lo mismo le pregunta  “¿le cuido la nave, doña?”, y Elsa Cándida Ortíz Basualdo de Iraola Balcarce, que ve a un pibe con evidente costra terrosa, señal de no haberse lavado en días, acepta caritativamente porque a esta gente no conviene decirle que no, no sea cosa de que te roben o te rayen el auto, pensó.

La mayor cantidad de manifestantes se congrega en Diagonal Norte y San Martín, frente a la Catedral. Allí se apostó, algunas horas atrás, un camión –alquilado por la burocracia sindical de los gastronómicos–; se apostó con altoparlantes y música bochinchera y megáfonos abiertos al público, para que cualquier ciudadano libre y republicano, pueda decirle lo que se le dé la gana a la Yegua y a todo su gabinete de  lameculos populistas: ¡¡¡¡¡El gobierno populista nos roba el gobierno populista nos miente basta de planes sociales basta de subsidios basta de mantener vagos basta de inseguridad basta de impuestos a las ganancias basta de retenciones al campo basta reivindicar a los terroristas basta de cepo al dólar queremos comprar dólares la libertad es comprar dólares y libertad inmediata a los héroes que combatieron contra los apátridas subversivos en los 70 basta le decimos basta a la familia presidencial!!!!! También hay una gran bandera argentina ondeando, mezclada con bombos y pancartas que exige al gobierno populista de la Yegua un dólar libre sin cepo como lo había con el Mingo. El Mingo sí que sabía. Stop Corrupción.

Somos Argentina”, himno al chauvinismo recalcitrante by la banda de pop inteligente Los Ladrones A Sueldo.

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