Es el humo de mi fasito que me hace llorar

Ensayo - Cuento AL03

Sin perder más tiempo anoto de inmediato la solución del Negro Dolina: En las presentaciones de libros no se debería hablar del libro, de su historia, los lugares, las características de sus personajes, si esto implica contar qué va a ocurrir. De la misma manera, tampoco se debería hablar cómo es que el escritor ha logrado cierta atmósfera eficaz, por medio de tal o cual estrategia, innovando en esto o aquello para contar la historia. En las presentaciones de libros deberíamos hablar, sin lugares comunes, de algo muy distinto. Por ejemplo, hablar de cómo se le ocurre a uno que el escritor ha hecho, si escribió a mano, directamente en un ordenador o en una máquina de escribir, si de memoria o improvisando… De la estructura gramatical también, desde luego. Pero sin relación a un elogio, sin esas indicaciones tortuosas de la adecuación al canon de alguna vaca sagrada según opina el piola de turno, sino más bien indicando las formas que por lo desatinadas sólo se le pueden ocurrir al autor; o de las prolongaciones y disgregaciones que no vienen precisamente a favorecer la obra, pero de nuevo, no para indicar debilidad o desvarío, sino por congratular habernos llevados de las narices al sin sentido, que sólo el lenguaje lunar de la música o la literatura lo permiten. Por esto mismo, en las presentaciones –concluye Dolina– para hablar de este modo hay que dar por entendido que todos leyeron el libro, que incluso lo conocen de memoria, es decir, que no necesita presentación redondamente. Alejandro Dolina reflexionó innumerables veces sobre la naturaleza de las presentaciones de libros. Una noche, inmemorial a esta altura, lo escucho por radio agregar una nota extraordinaria al asunto. Yo retendría lo que el Negro Dolina dijo aquella madrugada, porque resuelve de alguna manera cómo es que se deben presentar los libros. Pues bien, para presentar en esta noche la flamante novela inaugural de la trilogía de la música de la Literatura Tropical: Rock –después vendrán Electrónica y Folklore–, de los escritores fracasados Alfredo Germignani y Guido Moussa, vamos a utilizar el criterio de Dolina.

Después de escuchar a Dolina aquella noche no pude dormir. Pensaba en otra noche, una noche, ésta, acá, presentando para ustedes esta novela.

16647300b64c37cfde74abcb69e3b130ed834f0e

Voy a dividir mi exposición en tres partes. Voy a indicar primero un par de aspectos literarios curiosos que contiene Rock; luego voy a referirme –breve, muy brevemente– a la naturaleza de la Literatura Tropical; y finalmente voy a intentar practicar Literatura Tropical, para meternos en un juego que podría ser el que mejor sigue, a mi entender, la solución de Dolina: la ficción, a la manera de la Literatura Tropical, de cómo escribieron la novela los autores.

Dos aspectos, una observación y una ficción al final.

16647300b64c37cfde74abcb69e3b130ed834f0e

Uno de los detalles notables que tiene la novela, es sin dudas el trabajo de los nombres. De comienzo a fin se aprecia un ensañamiento por parte de los autores de nombrar, renombrar, deformar y ampliar los nombres y las referencias personales, lo mismo que por indicar la multiplicación de los alias o sobrenombres o de crear anagramas. Como el espacio de la novela es relativamente corto, los ecos de estas curiosas referencias sobresaltan, al punto de crear todo un tópico al lado del trágico duelo de bandas televisado para todo el país desde el Centro Cultural Popular (CECUPO en adelante), Resistencia, Chaco, que narra en primer plano la novela.

Ese particular trabajo sobre los nombres respeta cuatro pautas. Uno la extensión (Roxana Pérez García De Las Extremidades, vocalista de una de las bandas); después las deformaciones o directamente invenciones (Franz Perezgueda, Jonathan Percíncula; miembros de Los Lamisiles, otra de las bandas); además tienden a ser prosaicos (El horador de maduras de Burzaco, el caso de un líder neo-rolinga que protagoniza los oscuros hechos del CECUPO, o la señora plenipotenciaria de la Pepsi Cola Company, representante de la firma del evento en vivo); por último el cameo, la pertenencia de algunas de estas deformaciones nominativas a personas reales (Pacalo Profundo, El Patrón; representante de la música tropical).

Pero veamos en detalle este divertido trabajo de breves escorzos genealógicos como didascálicas que hay en relación los nombres:

Novela

Los Materia Fecal, banda de punk del barrio “Sanca ampliación”: Adrián Gómez (cantante) alias Tango; José Murillo (viola) alias El Lacra; Juan Ramírez (bajo) alias Todo Piola; y en batería, una mujer con aspecto de hombre u hombre con aspecto de mujer a quien llaman Socotroco, Soco con el tiempo.

Séptimo Círculo, banda de metal: Jorge Purino, conocido como Sad show; Diego López (vocalista), que es Qom Pelo Duro, luego Diego Qom Pelo Duro; Pepo Aguirre (viola); Enrique Diego (batería), apellido de origen Qom, debido a ello la parte racista de sus simpatizantes le dicen Enrique Comprate Un Apellido, luego sólo Comprate Un Apellido, para después sustituirlo por El Tobatero, el primer baterista toba de la historia del Rock del Chaco. Cuando el narrador se refiere a Diego López, el vocalista, como Diego a secas, aclara entre paréntesis que es “el llamado, no el apedillado”.

Macho Cat Garage, banda de rock indie compuesta por: Martín Puretto (bata) alias El Purulento, Maximiliano Meyerson (bajo) alias Lord Soberbia, Agustín Prigonatto (voces) alias Chocolate Sexual.

Los Lamisiles, compuesta por conchetos platudos, piben bien que hacen techno pop: Franz Perezgueda y Jonathan Percíncula, quien es Jonny.

Las Holograms Pink, versión femenina del pop de Los Lamisiles: Roxana Pérez García De Las Extremidades, líder de la banda, junto con Enriqueta Mauricia Uriarte y Sara Jésica Carbonelli.

Las Maryshelley, lo-fi, banda de rock gótico, que en realidad podría sonar como Skeletal Family o Anika: Paula Alonso (voz) alias La Vampira, porque era muy puta dice el narrador; Carla Marrón en guitarra y Mery Marrón como DJ.

Finalmente están los protagonistas: Los Cenobitas, banda ficticia de harsh-noise –que son en realidad los autores–, con la cual realizan un ejercicio de cameo, como la mayoría de los personajes y las bandas lo hacen secretamente, para poder participar de la guerra de bandas en el CECUPO. Los Cenobitas son: Fernando Funes,  periodista y escritor fracasado de barba mongol, y Alberto Litter, El DJ Sultán Del Horror.

Los nombres de los personajes del ambiente que completan Rock:

Luquitas Guerrasabo: famoso dealer cultivador de la Jack Herer de Sensi Seeds Gold, supuestamente la mejor especie de marihuana que existe. Lucas, Luquitas; mucho antes le decían Hematoma, pero cuando empezó a moverla sus clientes se referían a sus flores como “alta faseada en el Cielo”, de modo que él quedó entonces como Luquitas Alta Faseada En El Cielo Guerrasabo, o Alto Faso En El Cielo, o directamente Alto Faso.

Flequillo Tremebundo, líder de una banda que no entra al certamen y agitador principal del público. Antiguamente lo llamaban El Horador De Burzaco, cuando vivía en la localidad bonaerense, donde originariamente era Horador De Maduras De Burzaco. Siempre se caracterizó por sus múltiples apodos: el Ishi Pop de Barranca, le decían por el parecido físico cuando vivía en Barranqueras. Pero también Catacumba Esquelética, Tejido Necrosado, Moco, hasta la síntesis del inquietante Horador en Horador De Mujeres. Incluso hay otro apodo que tenía Flequillo Tremebundo en Buenos Aires a los nueve o diez años, le decían Flequillo Napolitano, sin saber por qué, dice el narrador.

“La señora que mandó The Pepsi Cola Company”: La señora Pepsi Company, La representante de la compañía de gaseosa, La vieja de la Pepsi, Mister Pepsi Cola Company, La señora plenipotenciaria de Pepsi Cola Company. Que luego la llaman Josefa, la golpeadora, Josefa Escalabrini Maffut De Pilkinson.

Finalmente los nombres de los cameos de personas reales. Hablemos de algunos: “Arnoldo Céspedes”, el cronista de La Voz de la Verdad, que por capricho –dice el narrador– decide revelar tarde su nombre, en quien descubro un homenaje por parte de uno de los autores al entrañable periodista chileno Aroldo Figueroa, director a cargo en alguna oportunidad de la Voz del Chaco; la ingeniera “Edith Stafuza”, alcaldesa tropical de Resistencia City, quien es nuestra intendente la ingeniera Aída Ayala; y uno fácil, “Pacalo Profundo”, representante de Rock, que se hacía llamar El Patrón, que parodia indudablemente al amigo Pacalo Dip. Por no hablar de la referencia más reveladora, el señor “Honofrio Pilkinson”, marido de La señora de la Pepsi Company, con el cual los autores arman uno de los mejores momentos de la novela, la inolvidable escena de la paliza y el posterior desenlace desencadenado por un control remoto de TV sin pilas.

Otro de los detalles notables de la novela es la referencia musical. Así como  Germignani guía el sueño de la Literatura Tropical, Moussa se despacha con un set-list pesadillesco. Al listado ocioso del material con que Guido musicaliza la novela no la voy a enumerar. Más haragán, más jugado, voy a limitarme a decir que para el caso de Rock, con la selección de covers con que actúan las bandas, lo mismo que la adrenalina sonora de los auriculares del narrador o incluso en la misma cabeza de los personajes, podría llevárselo al relato a la altura de una verdadera ópera rock.

16647300b64c37cfde74abcb69e3b130ed834f0e

El protagonista de Ampliación del campo de batalla, la primer novela de Michel Houellebecq, que narra en primera persona su vida entrada en los treinta años, dice al comienzo algo que debería influir al lector que quisiera hacerse un punto de vista sobre la naturaleza del texto. Dice el protagonista: “La progresiva desaparición de las relaciones humanas plantea ciertos problemas a la novela. ¿Cómo acometer la narración de esas pasiones fogosas, que duran varias años, cuyos efectos se dejan sentir a veces en varias generaciones? Estamos lejos de Cumbres borrascosas, es lo menos que puede decirse. La forma novelesca no está concebida para retratar la indiferencia, ni la nada; habría que inventar una articulación más anodina, más concisa, más taciturna… Me ayudará el simple juego del movimiento histórico.” Houellebecq repite en varios lugares la salida que él escoge, en el malestar de una época, como supone, que produce cierta crisis en los dispositivos de la narrativa. Lo que debe hacerse, dice el novelista, es introducir forzosamente reflexión sociológica y filosofía, cosa que en su comienzo era natural en la novela.

La Literatura Tropical, que pretende narrar la historia contemporánea del Chaco, pareciera plantearse del mismo modo la literatura y terminar por adquirir un desafío semejante al de Houellebecq. Ya no será, a la manera del francés que la encuentra en los novelistas y filósofos iluministas, una salida por la tradición. La Literatura Tropical va a tener en cuenta dos cosas: esquivar la mímesis del realismo clásico y recurrir a la cultura del remix o la mezcla, que impugna exclusivamente la noción de tradición al abolir el original. La mímesis es un concepto que desarrolló Aristóteles para clasificar las artes griegas según el modo en que imitan la realidad. El contraste que genera narrar sin imitar la realidad y de manera remixada la historia del Chaco, con toda su brutalidad y su barbarie, les permite a los autores alcanzar una estética del desenfado especial para atacar de lleno el núcleo bizarro y hasta lisérgico que tiene la historia de nuestro territorio.

En las narraciones de Moussa y Germignani abundan la interrupción o deformidad de los datos, hasta que el goce del juego de los recursos sobre sí mismos por un momento –un momento en el que, como expresa Deleuze del plano de inmanencia, “el movimiento lo ha tomado todo” – termina por sustituir lo real, cortando la linealidad del relato y así adecuarse mejor al estilo de los hechos chaqueños.

Como dijese un especialista de la espléndida tierra del Congo, con sus metales especiales, piedras preciosas, elementos radioactivos y animales exóticos, era “un escándalo de la geografía”, la Literatura Tropical con la suma de sus recursos y su desenfado particular vendría a ser un escándalo de la literatura. Escándalo con el que intentan los autores crear un agenciamiento con ese otro escándalo en el que se encuentra la historia contemporánea del Chaco.

Moussa y Germignani parecen querer persuadirnos de que ya nadie puede venir a contarnos una historia local de manera acartonada o minimalista, sin absurdidad o sarcasmo, pongamos, sin partir directamente de la fantasía, el desvarío o el humor negro, de la brutalidad apocalíptica o los efectos especiales. Podría esto ser el objetivo del proyecto. Algo de ello se anunciaba ya en el estilo de Ciudad espectral (2011) –novela tropicalísima y especie de huella propia del género– al cual Germignani se refería como “bizarrismo delirante”.

Naturalmente, pueden señalársele precursores a la Literatura Tropical. Es tropical Aira, Copy, Lamborghini, Bukowski, Hunter S. Thompson, Barón Biza, la vena dostoievskiana de Art y el desenfado de Echeverría o de Walsh, también la intensidad del teatro de la crueldad de los surrealistas, que tiene su raíz en el Conde de Lautréamont y que acá en la Argentina tuvo un especial cultivo en Alejandra Pizarnik. Pero, en verdad, la Literatura Tropical en el fondo no se parece a nada. O sencillamente a sí misma. Tal vez porque su operación no se explique como cualquier otra literatura.

Si uno se mete con cualquiera de los Artefactos Literarios que circular por la Web, con Pescado Podrido (inédita, que tuve el placer de leer) o cualquiera de las novelas de la Trilogía de la Bronca, nota la precisión con que se expresa la portada del perfil del Facebook: “La Literatura Tropical no sería literatura sino fuese un simulacro de literatura.” Una literatura que no quiere ser literatura, no es, por cierto, ninguna sorpresa. Basta con recordar la posición de Walsh en sus diarios, parafraseando a Maurice Blanchot, de un inmenso desprecio por la literatura como experiencia radical en esa voluntad de “engrandecer” su práctica sometiéndola a criterios de valoración propios de los “amos de la cultura”, de la “trampa cultural”, como también refiere Walsh. O podemos recordar la mítica declaración colectiva de los surrealistas el 27 de enero de 1925, donde exponen lo siguiente: “1° No tenemos nada que ver con la literatura, 2° El surrealismo es un medio de liberación total del espíritu” –entiéndase “espíritu” aquí, como la obra de la razón– y termina así: “El surrealismo no es una forma poética. Es un grito del espíritu que se vuelve hacia sí mismo decidido a pulverizar desesperadamente sus trabas.” Sobre todo recordar a los Beats, su desenfado contra el American way of life (forma de vida americana) impugnándoles una literatura de la “experiencia inagotable”, sin remisiones librescas o mera sustancia bibliográfica, en vistas de una velocidad escritutaria que permita injertar la experiencia de la droga y lo abyecto en la literatura de una vez por todas.

Se ha dicho que la dificultad de explicar la literatura, yace en que la explicación acontece dentro de la literatura misma. La Literatura Tropical es un juego de lenguaje que permite confundir lo real con la ficción, en vistas de encerrar aún más la literatura sobre sí misma, sobre sus propios recursos, como ocurre en el reverso cuando intenta explicarse. Si esto es una manera irresponsable o intencional por parte de los autores de no tomarse en serio la crisis en la novela, a propósito de Houellebecq, o la literatura misma, no importa demasiado. Sería hacerle preguntas modernas a una literatura posmoderna. Hay que señalar, eso sí, lo prolifero y múltiple del proyecto, que es lo que sin dudas lo consolida y lo expande: dos trilogías de novela consecutivas, una novela apartada y decenas de escritos dispersos. Y es más, hay que señalar, fundamentalmente, que el proyecto implica la participación de los que quieran en la Literatura Tropical, como lo haré yo en un instante nada más, y como lo vienen ensayando en sus “Artefactos Literarios”.

chispa fuego

Cuando llego al departamento de Funes, escritor y periodista fracasado y miembro estelar de Los Cenobitas, se había hecho de noche y estaba muy caluroso. Subo los tres pisos de escaleras y toco el timbre de su puerta además de golpearla varias veces sólo para molestarlo. Funes me repite el mismo chiste cuando me abre. Mira afuera para todos lados, sin mirarme ni decir nada, a través de la pequeña abertura que permite la cadenita de la traba de recibimiento, inclinado, tapando el cuerpo detrás de la puerta. Mira con aire paranoico, como si fuese a controlar que no haya algún peligro inesperado que no le dejase reacción una vez abierta la traba. Funes es un maníaco depresivo que se resiste a mostrarse como tal, a veces no se entiende muy bien lo que hace. Y además, en este caso teníamos el borde bastante ajustado del descanso de la entrada y luego nada más, el patio del vecino visto desde arriba, que se lo veía completo dicho sea de paso.

Termina su ritual, destraba la cadenita y yo encaro para adentro con naturalidad. Pero cuando cruzo completamente el umbral y la puerta se cierra, tengo que retroceder del espanto; porque veo la cabeza de Funes flotando. Me sobresalto. Pero como rápidamente me acuerdo que el tipo tiene directos vínculos con los Reptilianos, pienso al instante que podría tratarse de un espectrograma alienígeno, un holograma o cualquier otra estupidez de ese orden con la cual delira Funes. Entonces, sin pensar más, le aplico un golpe a la cabeza. Bueno, no exactamente un golpe, quiero decir… una pequeña bofetada, como tanteando con una especie de sopapo su consistencia.

Mi sobresalto fue mayor con la impresión que me causó, no sólo toparme con la consistencia de la cabeza real de Funes, sino además porque me habló puteándome por el golpecito, con su inconfundible tono chillón de falsete español.

— ¡Pará boludo, no pegués!

— ¿Qué tenés, pelotudo? Le digo.

— Mi cuerpo está allá en el escritorio. Lo que pasa es que acabamos de fumar con Luquitas Alto Faso su extraordinaria Jack Herer de Sensi Seeds Gold, y nos dejó muy colocados… Pero pasá, pasá.

Funes cerró, o (mejor dicho) la cabeza volante de Funes cerró de un cabezazo la puerta, y se dirigió desplazándose con airada soltura para el estudio. La trencita escueta de la barba mongol flameaba en el desplazamiento. Yo la seguí no del todo tranquilo.

Cuando ingresé al estudio, tuve que correr con las manos la nube de humo dulce que cubría el salón. Llamé a Funes entre la espesura del ambiente para poder reconocerlo al final del claustro, sentado en su orgulloso sillón de escritor eterno de crónicas chaqueñas. Me dice que venga, que avance, que no tengo nada en frente y podré caminar.

Cuando me acerco la niebla no se disipa nada. Me siento al costado de Funes para espiar lo que estaba mirando en el monitor de su computador portátil con el que registra frenéticamente lo irreal. Estaba viendo pornografía. Funes maximiza la imagen, sube el volumen, gira para favorecer mi vista del computador y me dice:

— Siempre es así, Filosobko. –Apuntando con su dedo al monitor–. Uno es el que coge y otro es el cogido, puede estar abajo el que coge pero el de arriba será igual el cogido, como en el porno.

En un momento lo observo detenidamente y veo que no tiene los ojos normales, algo en su mirada anda mal. Pero no es su mirada; advierto que Funes tiene los ojos amarillos. No pude verlo bien en ese momento porque se movía mucho. Minimizó la audiovisual pornográfica del monitor y puso un vídeo de Jack White.

— ¿Querés tomar algo? –Me dice mientras se agita como entrando en trance.

— ¿No me dijiste que estabas con Luquitas Guerrasabo?

—Sí, anda por ahí. No lo ves ahora porque se volvió invisible después de fumarse el último resto del hachís de su Jack Herer de Sensi Seeds Gold In The Sky… El muy infame se la fumó toda. –Volvió a hacer un ademán con el faso en mano, moviéndolo de aquí para allá, comentando–. Ahora no puede tocar el suelo y volvió invisible el muy puto. Pero servirte lo que quieras.

—Funes, acá no se ve una mierda… Y convidame el faso que estás fumando, pelotudo. –Casi le grito, dos o tres veces iban en que yo trataba de agarrar el pitillo y él me lo sacaba.

Logro rescatar el fasito y me dirijo con él apretado entre los labios tanteando hacia la heladera. Me distraigo por la ceguera y pito el faso con inspiración, tanto que el humo me entra en los ojos y me hace llorar. De pronto, escucho una voz a mi costado, era la voz de Luquitas Guerrasabo que me decía:

—¿Qué te pasa, Filosobko? ¿Estás triste? Estás llorando.

— No, nada. No estoy triste, no es mi llanto, es el humo de mi fasito que me hace llorar. ¿Dónde estás? Funes me dijo que te volviste invisible porque te fumaste todo el Hachís vos solo, sos un hijo de puta.

— Funes es un mitómano, no lo escuches.

Vuelvo con dos latas de cervezas. Le entrego una a Funes y le pregunto por lo que escribe:

— Rock –me responde–, la primera novela de la Trilogía de la Música de la Literatura Tropical.

— Ah…

Le digo que me deje presentarla cuando la termine.

— ¡Ni en pedo! ¡Con lo mal que te fue la última vez!

En eso, una voz estremecedora por su carga de resentimiento grita desde el umbral de la entrada del estudio:

— ¡Maldito Filosobko! ¡Devolveme la Ferrari que me robaste, degenerado!

Funes me explica exaltado que Alberto Litter quería matarme.

— ¿A mí? ¿Y por qué?

— ¿Te acordás cuando le robamos la Ferrari para volvernos de Buenos Aires?

—¡Pero si fuiste vos quien le sacaste las llaves! ¿Qué me decís a mí?

— Bueno pero yo le dije que fuiste vos, para reírte de él delante de todo el mundo.

Vuelvo la mirada hacia Litter. Su imagen se desfiguraba a través de una cortina de humo, aun así se apreciaba con claridad el 38 recortado que calzaba en su mano derecha. En eso, la esquelética imagen de Luquitas Guerrasabo cobraba entelequia intermitentemente, como si el colocón de su Hachís de Jack Herer de Sensi Seeds Gold se viniera en picada.

Sin dar más vueltas, Litter dispara unos cuantos tiros a mis flancos para hacerme bailar del susto. Corro hacia la ventana que da abajo al patio del vecino en un acto reflejo por arrojarme. Para mi sorpresa, veo una soga colgando de ventana, y a Funes descendiendo por la misma hasta saltar con agilidad sobre césped. Hago lo mismo. Cuando me desprendo de la soga y caigo al césped empiezo a correr. Litter nos quema a tiros desde la ventana de arriba. Los cañonazos hacen temblar la noche de Resistencia City Tropical.

Salimos con Funes de la casa y corrimos dos cuadras con Litter atrás comiéndonos los talones. Encontramos un edificio en construcción a mitad de cuadra y nos metimos en la obra corriendo las chapas de protección.

Mantuvimos con Funes una conversación breve sobre el cagazo que nos pegamos y luego hicimos silencio, temerosos de que Litter fuera a oírnos y se meta en la construcción para matarnos como a ratas. Pero cuando nos quisimos acordar, ocurrió algo fantástico:

Un zumbido in crescendo, que hizo vibrar el aire, nos asaltó súbitamente. Eran mosquitos. Pero no eran mosquitos domésticos. Mosquitos así nomás, caseros. Eran mosquitos del tamaño de los nudillos de Tyson. Mosquitos tropicales. Miles, millones de mosquitos del tamaño de los nudillos de Tyson los atacaron, todos juntos y a la vez, miles, millones de ellos, en amorfos ejércitos de brutales nubarrones sedientos de sangre humana; clavándoles sus probóscides semejantes a sierras tramontinas, los atacaron sin piedad.

Soltando quejidos guturales, Funes se sacó la campera negra como pudo y empezó a revolearla por encima de su cabeza.

Sin poder aguantar un segundo más, salimos del edificio en construcción y escapamos de aquellos monstruos tropicales.

El asunto es que cuando salgo, sin poder creer mi tan estúpido final, tengo a Litter en frente apuntándome a la cabeza con su Bersa Thunder Pro automática. Carraspea la voz, luego dice pausadamente:

— Filosobko, ¿tenés algo que decir antes de que te mate?

— ¡Yo no te robé la Ferrari! ¡Fue Funes!

— Sí, sí, sí… Funes me dice lo mismo.

— ¡Que es él!

— No, que sos vos. No te rías de mí, Filosobko, porque te quemo de una.

Entonces, le hago un viejo engaño de cine. Le digo y acompaño con gestos:

— ¡Qué mierda es eso! –Litter se come el amague. Como Marty Mc Fly a Biff Tannen, lo empujo y salgo corriendo.

Corro, corro y corro. Mientras corro pienso dónde se metió Funes en la última escena. Ya no importa lo que pienso y corro, corro como un loco. Lejos del alcance del picaflor asesino me detengo, exhausto, con la boca reseca por la marihuana de Luquitas y cagado en las patas.

Miro para un lado, miro para el otro, como Funes cuando quiere abrirme la puerta. No encuentro más nada que decir. Callaré como Pirrón.

DESCARGA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s